Dos treinteañeras y los adolescentes - Parte 1

Las chicas


La música sonaba a todo volumen dentro del coche. Mirella y Katy, dos amigas treintañeras que se conocían desde hacía algunos años, habían quedado para salir. Tras la cena, y después de tomar unas copas, se dirigían hacia la discoteca mientras no paraban de hacer desorden entre ellas.

—¡Súbeme la radio! —cantaba una mientras la otra le hacía caso, aumentando los decibelios con los que se emitía la canción, provocando que ambas no dejaran de reír.

Mirella, con una melena larga y castaña, si bien el color se aclaraba a medida que se acercaba a las puntas, era una mujer atractiva. A pesar del maquillaje, las suaves facciones del rostro le daban una apariencia juvenil, aunque las curvas del cuerpo sí estaban acorde a su edad. Los pechos no eran ni muy grandes ni muy pequeños, pero sabía sacarles partido gracias a los buenos escotes como el de la camisa roja con el que esa noche mostraba parte del sostén. Del mismo modo que las piernas que, sin estar excesivamente estilizadas, dejaba a la vista con maestría debido al pequeño pantalón corto con el que vestía. Estaba soltera, aunque no por falta de oportunidades, pues casi ningún hombre le haría ascos.

Katy sí que tenía pareja, una relación totalmente consolidada desde hacía prácticamente nueve años. La morena, de cabello largo y liso, envuelta en una elegante americana de color oscuro, estaba buenísima. Aunque su amiga no era precisamente fea, parecía poca cosa a su lado. La cautivadora belleza del rostro repleto de sensualidad y su morboso cuerpazo, con unos senos de considerable volumen que se mantenían firmes tras la ceñida camiseta de color gris y unas piernas de línea excelsa, desnudas a partir de la mitad de los muslos, hasta donde le cubría la falda tejana, tras la que se escondía un culo perfectamente delineado, la convertían en lo que todos los tíos la consideraban, un auténtico bombonazo.

Ya en la fila de entrada para acceder a la discoteca, las dos mujeres eran presa de las libidinosas miradas de la mayoría de hombres allí presentes.

—No puedes pasar —aseveró con contundencia el vigilante de la puerta.
—Pero si he entrado otras veces —se excusó el chico, que no debía hacer mucho que había cumplido la mayoría de edad.
—Así no —le señaló el calzado.
—Vamos que nos están esperando dentro —argumentó uno de los amigos, sin éxito alguno.

Cuando les llegó el turno a Mirella y Katy no encontraron ningún impedimento para acceder al recinto más allá del exhaustivo repaso visual que la morena recibió por parte de uno de los gorilas de la entrada.

Esa noche había un buen ambiente. Buena música y bastante gente, la mayoría joven, sin estar abarrotado, compartiendo buen gusto. Las mujeres se dirigieron a la barra para tomar los primeros tragos. De camino, se toparon con un grupo de chicos, que les interrumpieron el paso.

—¡Hola guapas!
—Vamos a la barra —aseguró Mirella, con semblante sonriente, intentando hacerse un hueco por el que pasar.
—¿Las acompañamos?
—No hace falta, creo que podemos solas —bromeó Katy.
—¿Seguro que no necesitas que les echemos una mano? —preguntó el que parecía más atrevido, agarrando la cintura de la morena.
—Ya veo dónde quieres echar tú una mano… —le sonrió, apartando el brazo masculino con parsimonia.




—Lo siento, chicos —Mirella finiquitó la conversación, consiguiendo atravesar definitivamente el grueso que los jóvenes habían formado a su alrededor.

Las dos treintañeras prosiguieron su camino, llegando a su destino después de tener que lidiar con algún que otro incidente similar y unos cuantos roces que, aunque sutiles, eran claramente menos fortuitos de lo debido.

—Pues el chico era guapo… —bromeó la de pelo castaño, haciendo reír a su amiga.
—No estaba mal, no. Si quieres ahora volvemos a pasar, golosa —le sacó la lengua con complicidad.
—No, no. Hoy noche sin hombres —sonrió.
—¿Qué les pongo, chicas? —les preguntaron desde el otro lado de la barra.


Las dos amigas se miraron con disimulo y sonrieron subrepticiamente. El camarero estaba bastante bueno y ambas se entendieron sin necesidad de hablar.

—A mí me pones Brugal con limón —pidió Katy—. Y a mi amiga le pones tú —bromeó, haciéndolo reír y provocando las jocosas quejas de Mirella.
—¿Y a ti solo te pongo la bebida? —sonrió a la morena, obviando descaradamente a la otra.
—De momento sí —entró un poco al juego, pero sin darle mayor importancia.

Katy estaba más que habituada a vivir situaciones del estilo, aunque normalmente solía intentar evitarlas para no crear malos entendidos, como cuando se hizo la tonta con las miraditas indiscretas del vigilante de la entrada, que por supuesto no habían pasado desapercibidas. Nunca le había sido infiel a su actual pareja ni pensaba serlo. Pero no siempre era sencillo evitar las tentaciones, así que, si alguna vez la cosa se le acababa yendo de las manos, solo tenía que huir a los brazos de su chico para que le quitara el calentón que otro le pudiera haber provocado.

Mirella, en cambio, estaba más receptiva por su condición de soltera. Sin embargo, tampoco era una mujer precisamente fácil y para el tema de una noche, incluso para algo más, exigía una cualidad masculina indispensable, que fuera guapo. De todos modos, no era momento ni lugar para eso, pues había quedado expresamente con su amiga para salir de fiesta y pasar la noche juntas sin hombres de por medio.

Ya en mitad de la pista, botella en mano, las dos treintañeras bailaban una frente a la otra, rodeadas de una jauría en celo que disfrutaba de la espectacular sensualidad con la que ambas, totalmente absortas en sus pensamientos, contoneaban sus cuerpos al ritmo de la marchosa música.

Katy, consciente de lo que podía llegar a provocar en los hombres sin hacer absolutamente nada, no podía evitar satisfacerse al sentirse tan guapa y deseada. Por el contrario, Mirella se había acostumbrado a vivir a la sombra de su hermosa amiga, aceptando y ocultando la pequeña envidia que desde siempre le había tenido.

Los chicos

Tomás estaba al acecho, observando con semblante circunspecto el gentío que se movía alrededor y detectando a todas las mujeres que entraban en la zona de acción de su radar. Algunas iban de camino a la barra, otras intentaban mantener una charla a pesar del elevado volumen de la música, las había que ya se estaban enrrollando con algún, a los del ojos veinteañero, desgraciado y… de repente se le iluminó la cara.

—Ahí —le dijo a su compañero Lucas, dándole un codazo para llamar su atención.
—Parece que están solas —sonrió.
—Y están muy buenas.


Tomás era un auténtico tiarrón, corpulento, alto y fuerte, el típico joven de gimnasio, con una prominente musculatura, aunque sin ser demasiado exagerada. Solía triunfar bastante con las mujeres gracias a su físico y eso le proporcionaba la suficiente autoestima como para intentarlo con las que a priori eran más inaccesibles.

—¡Me pido a la morena! —gritaron al unísono, incitando las risas de ambos veinteañeros.

Por su parte, Lucas, aunque era bastante más atractivo, no destacaba tanto físicamente. Sin embargo era un auténtico ligón. Guapo y descarado, sabía tratar a las mujeres, hacerlas reír y ganarse su confianza lo justo para que le diera tiempo a mostrar todos sus encantos, que no eran pocos.

Sin más dilación, como tantas otras veces habían hecho, los dos jóvenes amigos se dirigieron a la caza de las presas que, en este caso, no eran otras que Mirella y Katy.

El novio

Puesto que su chica había salido con una amiga, Roberto aprovechó para quedar con sus amigos. Aunque no tenían intenciones de que la noche se alargara, lo cierto es que finalmente se habían quedado más de la cuenta y habían acabado en una discoteca.

—¡Vaya casualidad! ¿Esa no es Katy?

Roberto dio media vuelta, dirigiendo la mirada hacia donde le indicaba su compañero. Efectivamente, ahí se encontraba su novia, tan espectacularmente radiante como siempre. Por un instante no pudo evitar sentir una suerte de orgullo de tenerla a su lado. Sin duda cualquier hombre desearía ser el afortunado que durmiera con ella todas las noches. Y ese no era otro que él. Sonrió. Mas la sonrisa le duró poco al observar al grandullón que se acercaba hacia ella.

El novio de Katy estaba a la altura de las expectativas de su chica. Era guapo, simpático y se cuidaba mucho para mantener el cuerpazo que tenía gracias al continuo deporte que practicaba. Y aún así, a pesar de todo, hubiera parecido poca cosa si se hubiera puesto al lado del joven que en esos momentos estaba hablando con ella.

Roberto no se había percatado de que, oculto tras ese impresionante armario ropero, también había otro chico. Desvió la mirada hacia un lado y observó a Mirella completamente sola. No cabía duda de que los dos chavales parecían preferir a Katy. No se extrañó, pero eso no le impidió empezar a sentir la desagradable sensación que siempre le invadía en esos casos, los celos.

Siguió observando un rato, viendo como su novia lidiaba con los dos críos, hasta que uno de sus amigos lo cogió por el cuello para llevárselo a la barra en busca de una nueva botella.

—Muy alto quieren llegar, idiotas —soltó Roberto por lo bajo, desviando la mirada definitivamente e intentando convencerse de que no tenía motivos para desconfiar de Katy.

El flirteo

—¿Qué más quieren? —sonrió la morena—. Ya les he dicho que tengo novio.
—¿Y te deja sola con lo buena que estás? —Tomás puso cara de incredulidad—. No me lo creo —soltó, provocando que la treintañera frunciera el ceño.
—Precisamente —intervino Lucas—, dudo mucho que semejante mujer esté soltera. Yo sí te creo —sonrió, mirando con cierta coquetería directamente a los ojos de Katy.
—¡Pues claro! He tenido un montón de candidatos, alguno tenía que conseguirlo —bromeó, recuperando la sonrisa y correspondiendo ligeramente a la mirada del apuesto veinteañero.
—A mí me da igual que tengas novio —insistió Tomás—. No somos celosos, ¿verdad, Lucas? —le dio un codazo a su amigo, buscando su complicidad.
—¡Uy! Pues mi chico bastante —la mujer sacó la lengua, en un claro gesto de que no se lo estaba pasando mal.
—Eso lo hace más divertido —afirmó el joven, mostrando una ladina mueca de suficiencia.
Solo podía imaginarse lo que pronto deseaba realizar con ese imbécil y su puta novia.




—Anda, no seas malo —quiso empezar a zanjar la conversación, por supuesto sin lograrlo.

Los dos jóvenes siguieron insistiendo, pero se encontraron con el firme rechazo de Katy, que les permitía jugar mientras no se sobrepasaran, dejando las cosas claras sin necesidad de ser borde. Si bien los niñatos tenían su qué, a la morena ni se le pasaba por la cabeza la posibilidad de ser conquistada. Aunque debía reconocer que no le desagradaba que intentaran ligar con ella, pues no todos se atrevían y precisamente los más osados eran los que más gracia le hacían.

—¡Mirella! —llamó la atención de su amiga—. ¡Sácame de aquí! —gritó, bromeando.
—A ver, dejenla en paz, que esta noche está conmigo —acudió en su auxilio, abrazando a Katy cariñosamente en plan jocoso, simulando ser su pareja.
—Déjame adivinarlo… —soltó Tomás—. Tú también tienes novio.
—Pues no —Mirella dibujó una pícara sonrisa, sin poder evitar dejarse cautivar por el innegable atractivo que desprendían, cada uno a su estilo, el par de veinteañeros.
—¿Novia? —preguntó, provocando las risas femeninas.


Lucas miró disimuladamente a Katy y, con una medio sonrisa, se acercó a ella para hablarle al oído.

—No me extraña que tu amiga esté soltera. No está tan buena como tú. Seguro que no ha tenido tantos candidatos.
—¡Lucas! —Katy, adulada, reaccionó golpeando el hombro del muchacho.


Mirella inició una conversación intrascendente con Tomás, pero el fornido veinteañero no le hacía mucho caso, únicamente atento a lo que sucedía entre los otros dos. Sabía que Lucas le estaba ganando terreno con la morena y empezaba a sentirse molesto con su amigo. Normalmente no había disputas por quién conseguía a la presa, pero en esta ocasión era diferente. Katy era una auténtica diva, un premio demasiado bueno que no quería perder. Miró a la de pelo castaño y se convenció de que no pensaba conformarse con migajas.

—Sabes que estás perdiendo el tiempo, ¿verdad? —reía Katy con las ocurrencias de Lucas.
—Estar aquí contigo no creo que sea perder el tiempo.
—Ya, claro… y si te dijera que con mi amiga tienes posibilidades…
—Eso ya lo sé.
—Vaya, qué creído te lo tienes.
—Claro, si tengo posibilidades contigo, imagínate con tu amiga.


La mujer rió a carcajadas.

—Conmigo nada que ver —afirmó, sin poder ocultar la sonrisa que Lucas le provocaba.
—¿Tendré que conformarme con ella entonces? —forzó una cara de pena.
—Bueno, tampoco te vengas arriba que igual no quiere nada contigo —le sacó la lengua.
—Escucha…


El joven se arrimó a la mujer, como queriendo decir algo que debía quedar solo entre ellos dos, haciéndose el interesante.

—Dime…

Ella se echó hacia delante, entrando en su juego, más interesada de lo que creía en lo que el chico pudiera decirle. Lucas la agarró por la cintura, lo suficientemente sutil como para no poder impedírselo, erizándole la piel al acercarse lo justo como para hacerle sentir el suave aliento masculino recorriendo sus mejillas. Katy cercioró que, sin duda, el veinteañero sabía manejarse con las mujeres.

—Voy a intentarlo con tu amiga, pero aunque esta noche tú y yo no quedemos, te aseguro que lo acabarás deseando.

Esas palabras, unidas a la seguridad del varonil gesto, pues ahora Lucas la tenía completamente aferrada con ambas manos a la altura de la cadera, turbaron a Katy, que sintió cómo el corazón se le aceleraba.

—¡Sí, claro! —reaccionó finalmente, tras unos segundos de desasosiego, queriendo aparentar una indiferencia que no era tal mientras se apartaba del muchacho, ligeramente azorada.

La novia de Roberto contempló la mueca de suficiencia masculina mientras el chico se daba la vuelta, sonriéndola y dirigiéndose hacia su amiga, que estaba nuevamente sola. Ensimismada por el buen hacer del atractivo veinteañero, no se había percatado de que Tomás había desaparecido.

Katy se quedó observándolos durante un rato y no tardó en captar cómo Mirella comenzaba a disfrutar de las atenciones de Lucas. El muchacho parecía estar ganándose el favor de su amiga. Y lo cierto es que no le extrañó en absoluto.

—Con que noche sin hombres, eh… —vocalizó cuando se encontró con la mirada de Mirella, provocando las risas de ambas mujeres.
—Oye, ahora te has reído y no ha sido por mi culpa —le soltó Lucas a su nueva presa, prosiguiendo la distendida conversación que mantenían desde hacía un rato.
—¿Qué pasa, que ahora solo me puedo reír contigo? —le replicó ella, volviendo a centrarse en el chico.
—Ya entiendo, tú lo que quieres es ponerme celoso…
—¡Sí, seguro! —rio.
—Así me gusta, que solo te rías conmigo —le sonrió, satisfecho, sabedor de que ya la tenía en el bote.
—Pues entonces yo quiero que solo me hagas caso a mí —le miró traviesamente.
—¿Y qué crees que estoy haciendo, guapa?
—Claro… que lo intentaras antes con mi amiga no cuenta…


Y de repente Lucas le soltó un beso, pillando a Mirella totalmente desprevenida, pues no se esperaba que lo fuera hacer de un modo tan imprevisto y justo después de recriminarle que primero tratara de ligar con Katy.

Si bien el discurrir de los acontecimientos en absoluto formaba parte de los planes de la soltera para esa noche, debía reconocer que se estaba divirtiendo y el joven, aparte de ser muy guapo, besaba verdaderamente bien, así que le dejó hacer. En el fondo, le satisfacía la irracional sensación de estar robándole la oportunidad a su amiga.

—Creo que con ella no he intentado esto… —afirmó el chico con suficiencia cuando se separó de Mirella, haciéndose el tonto con cierta gracia.
—Y más te vale que no lo intentes —dibujó una sonrisa, antes de agarrar al veinteañero de la cabeza para seguir comiéndole la boca, dejándose llevar definitivamente.




Katy sonreía al ver cómo su amiga se liaba con Lucas. Aunque lógicamente había tenido que rechazarlo, lo cierto es que le había gustado recibir sus atenciones. Sin duda quería a Roberto y estaba demasiado bien con él como para ni siquiera dudar de su relación de pareja. Sin embargo, era más que consciente de lo mucho que podría llegar a divertirse si estuviera soltera.


De pronto empezaron a entrarle ganas de volver a casa para encontrarse con su chico. Y se le ocurrió una malévola idea. Recordó las palabras del atractivo veinteañero y caviló que igual no estaría mal fantasear un poco con el reciente ligue de Mirella mientras cogía con Roberto. Esos pecaminosos pensamientos retroalimentaron su incipiente calentón y se obligó a sí misma a pensar en otra cosa. Al fin y al cabo, viendo cómo la parejita se devoraba mutuamente, aún tardaría un rato en salir de allí.

—Hola, chica dura.
—Ahora no es buen momento —Katy sonrió nerviosamente a Tomás, que parecía querer volver a intentarlo.
—¿Y eso?
—Pues que justo ahora iba al baño —se excusó finalmente.
—¿Te aguanto la copa?
—Claro, para eso estás —le sonrió con malicia.
—Malvada…


Mientras se alejaba, Tomás se fijó en el trasero de ese bellezón. Dudó si tal vez sería la tía más buena con la que lo había intentado y concluyó que no era capaz de recordar ninguna de semejante nivel. Eso le provocó un gusanillo en el estómago. Ella ya les había rechazado tanto a él como a Lucas y les había advertido de que tenía novio, pero todo eso aún le daba más morbo, así que decidió que se la iba a follar.

—Gracias —soltó Katy secamente nada más regresar de los aseos, agarrando el vaso que el veinteañero le había estado sujetando durante unos cuantos minutos—. ¿Dónde están?
—¿Quienes?
—¡Nuestros amigos!

Tomás rio a carcajadas.

—¡No me he dado cuenta de que han desaparecido!
—En qué estabas tú pensando…
—En ti, por supuesto…
—Ya, claro…
—No, en serio. Estaba pensando que eres la mujer más buena que he conocido.
—Eso se lo dirás a todas.
—Solo a todas las que superan a la última a la que se lo he dicho —le guiñó un ojo, consiguiendo hacerla sonreír.
—Entonces pronto llegará otra que me supere…
—¿Pero tú te has visto?
—¿Qué? —se hizo la tonta, esperando el piropo que tanto le apetecía oír.
—No creo que ninguna esté a tu altura. Eres una puta diosa.
—Gracias —sonrió, agradecida.


Aunque estaba acostumbrada a que los hombres exageraran para intentar ligar con ella, lo cierto es que nunca dejaba de disfrutarlo. Se fijó en el cuerpazo de Tomás. Su espalda ancha, sus fornidos pectorales, sus hombros prominentes, sus poderosos brazos… La varonil imagen y la idea de que ese hombre estuviera deseando ponerla a cuatro patas no ayudaban a que le bajara la temperatura. Se mordió el labio disimuladamente, deseando que llegara el momento en el que Roberto le quitara esa agradable sensación que comenzaba a instalarse en su entrepierna.

—¡Me encanta esta canción! —gritó Katy, entusiasmada—. Guárdame esto —estiró el brazo para que Tomás, en un acto reflejo, le aguantara la copa, alejándose en un burdo intento de aplacar las intenciones del hercúleo muchacho.
—¡Sí claro! —se quejó él al verse con las dos copas en la mano, observando con deleite cómo la treintañera exhibía todo su atractivo al alejarse—. Qué buena que estás, hija de perra —soltó cuando ya nadie podía escucharle, dejando los vasos en el suelo, completamente desatendidos, y acercándose al monumento de mujer que ya había comenzado a bailar ante sus desorbitadas cuencas oculares.
—¿Y las copas? —se quejó una sonriente Katy, permitiendo que el muchacho se arrimara lo suficiente como para sentir el evidente calor corporal que desprendía toda su hombría.
—Están a buen recaudo —mintió.
—¿Seguro? —se hizo la tonta, sonriendo y dándose la vuelta al sensual ritmo de la música, quedándose de espaldas al muchacho.
—¿Cuándo te he mentido yo? —soltó, pasando disimuladamente las manos por el dorso femenino.


Katy volvió a girarse para evitar el contacto mientras le apartaba el brazo y sonreía diciendo que no con un morboso gesto de cabeza.

—Te acabo de conocer. Seguro que me has dicho más mentiras que verdades —rió.
—Pues ahí va una verdad. Bailas de puta madre.




—Tú tampoco lo haces mal —le sacó la lengua, antes de dar media vuelta una vez más, dándole la espalda nuevamente.


Se notaba que Katy estaba desinhibida gracias a la mezcla del alcohol ingerido y la ligera sensación de excitación, pues normalmente no le habría seguido tanto el rollo a ningún tío que intentara ligar con ella. Pero tenía la situación más que controlada. Al fin y al cabo Tomás no era más que un crío y, ya que Mirella había desaparecido, pensó en divertirse un poco.

El muchacho decidió cambiar de estrategia. Sin hacer uso de las manos, siguió danzando junto a Katy, arrimándose cada vez más a la morena, hasta que indefectiblemente sus cuerpos comenzaron a rozarse de forma sutil debido a los movimientos del baile, consiguiendo que todo resultara más natural de lo que a ella le habría gustado.

—Que corra un poco el aire, ¿no? —se quejó, pero sin prácticamente llegar a separarse de Tomás que, envalentonado por la situación, creía que ya lo tenía hecho.
—¿Qué? —se hizo el sordo, aprovechando para echarse hacia delante, pegando su cuerpo al de la hermosa mujer.
—¡Espe..! —reaccionó Katy, que en absoluto se esperaba lo que acababa de suceder.




La novia de Roberto sintió claramente cómo algo que parecía bastante abultado y en un estado medio endurecido se apretujaba contra la parte baja de su espalda. No tardó en volver a darse la vuelta, ligeramente molesta, con la intención de cortar la situación de forma definitiva, pero incomprensiblemente le entraron unas ganas tremendas de echar un rápido vistazo para comprobar visualmente aquello que se había restregado descaradamente contra ella. Sintió cómo su excitación iba en aumento y tuvo que concentrarse para no mirarle el paquete al niñato.

—¿Qué decías? —Tomás la despertó de su ensoñación.
—Que corra el aire —le advirtió, esta vez con mayor severidad.
—Vale, vale. Voy al baño. ¿Te parece suficiente aire entre nosotros? —bromeó.
—No sé… mucho peligro tienes tú…
—Tal vez podrías acompañarme para echarme una mano, nunca mejor dicho —bromeó y, antes de que Katy pudiera contestar, concluyó jocosamente—. El médico me ha dicho que no debo levantar mercancías pesadas —rio, alejándose sin esperar contestación.
—¡Idiota! —gritó sin poder evitar una sonrisa tonta.


Katy no podía negar que estaba cachonda. Los pertinentes intentos de los veinteañeros la habían ido calentado poco a poco. Sonrió para sus adentros, sabiendo que sería Roberto el que se aprovecharía de las consecuencias, dejando a los dos críos con las ganas. Decidió no entretenerse más, yendo en busca de Mirella para volver a casa y que su chico le quitara el calentón lo antes posible.

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